El Deterioro
Base Info
- ChapterCapítulo Descend Beyond
- Difficulty
- Speed115%4.6 m/s
Perks
Feature
Un asesino impredecible que es capaz de abalanzarse a toda velocidad y estrellarse contra obstáculos para herir a los sobrevivientes usando su poder, Corrupción deteriorada.
Con sus ventajas personales, Garra de dragón, Maleficio: Inmortal y Maleficio: Favor de sangre, aplica efectos potentes en generadores, tótems y tarimas.
Con sus ventajas personales, Garra de dragón, Maleficio: Inmortal y Maleficio: Favor de sangre, aplica efectos potentes en generadores, tótems y tarimas.
Skill
Corrupción deteriorada
Aunque corrompe su mente y cuerpo, el suero de pústula que corre por sus venas le otorga habilidades físicas sobrenaturales.
HABILIDAD ESPECIAL: AVALANCHA
Presiona el botón de poder para usar Avalancha e impulsarte hacia adelante. Consume un distintivo de Avalancha. El Deterioro no podrá lanzar ataques mientras realiza una Avalancha.
Usa Avalancha contra una pared u obstáculo en el entorno para derribarlo con Estampida. Si no alcanzas una pared u obstáculo con Avalancha, o si el Deterioro no cuenta con distintivos de Avalancha, entrará en un estado de fatiga breve y comenzará a recargar los distintivos.
ATAQUE ESPECIAL: AVALANCHA MORTAL
Luego de usar Estampida, presiona el botón de poder para lanzar Avalancha mortal. Consume un distintivo de Avalancha. Avalancha mortal funciona igual que Avalancha normal, con la excepción de que el Deterioro puede lanzar un ataque con el botón de ataque.
HABILIDAD ESPECIAL: AVALANCHA
Presiona el botón de poder para usar Avalancha e impulsarte hacia adelante. Consume un distintivo de Avalancha. El Deterioro no podrá lanzar ataques mientras realiza una Avalancha.
Usa Avalancha contra una pared u obstáculo en el entorno para derribarlo con Estampida. Si no alcanzas una pared u obstáculo con Avalancha, o si el Deterioro no cuenta con distintivos de Avalancha, entrará en un estado de fatiga breve y comenzará a recargar los distintivos.
ATAQUE ESPECIAL: AVALANCHA MORTAL
Luego de usar Estampida, presiona el botón de poder para lanzar Avalancha mortal. Consume un distintivo de Avalancha. Avalancha mortal funciona igual que Avalancha normal, con la excepción de que el Deterioro puede lanzar un ataque con el botón de ataque.
Story
"Para entender la condición humana, hay que estar por encima de ella". Este era el lema de Talbot Grimes, un químico escocés cuya ambición sin límites lo llevó muy lejos. Cuando era niño era popular, brillante, carismático y no le temía a desafiar a la autoridad. Sin embargo, a pesar de sus habilidades sociales, era sumamente independiente y pasaba gran parte de su tiempo explorando solo los extensos campos cerca de su ciudad. Lo que comenzó como la curiosidad de un niño casi se volvió mortal después de experimentar con un pedazo de dedalera. Durante días, yació en cama lleno de sudor, expulsando cualquier alimento que tocara su estómago. Cuando se recuperó, no fue el miedo lo que se apoderó de él, sino la fascinación. Había algo mágico en la manera en que una sola flor podía afectarlo tanto.
En su adultez, su ambición se desarrolló tan rápido como sus métodos cuestionables. Asistió a la Escuela de Medicina de Londres y sobresalió a pesar de varias reprimendas. Sus ganas de superar los límites le aseguraron un puesto en la Compañía Británica de las Indias Orientales, y en siete años fue nombrado químico jefe. Con el tiempo, terminó uno de sus más grandes logros: un químico que podía aumentar la productividad de un trabajador y reducir su necesidad de descanso. Fue recompensado con un laboratorio secreto debajo de un campo de prisioneros en la Isla Dyer.
Ahí, fuera de la costa de India, los prisioneros de la guerra del Opio se convirtieron en sus súbditos reticentes, lo que lo llevó a crear una droga que permitía a los soldados soportar increíbles cantidades de dolor. Aunque la mayoría de los efectos secundarios eran menores, se rumoraba que una pequeña cantidad de soldados se volvieron locos. En su estado salvaje, masacraron aldeas: empalaron a la población con bayonetas y la dejaron colgando de los árboles. No hubo reportes oficiales sobre el tema y Talbot se negó a culparse por lo que solo se podría tratar de exageradas historias de guerra.
Aunque su cruel brillantez parecía imperturbable, desconocía los enemigos que su cuestionable trabajo había creado. La realidad lo golpeó, literalmente, con un tubo de acero en la nuca durante un viaje a Mangaluru. Lo ataron y lo metieron a un vagón. Cuando le quitaron la venda, un hombre enfermo le mostró una fosa común llena de cientos de cuerpos. Sin que Talbot lo supiera, su droga que aumentaba la productividad había matado a casi todos los trabajadores de una fábrica. Sabía que no podía defenderse de la ira y las acusaciones de su secuestrador, y lo único que pudo hacer fue acurrucarse mientras los golpes de los tubos de acero caían sobre él. Su cuerpo fue arrojado a la tumba y dado por muerto. Mientras alternaba entre la consciencia y la oscuridad, se arrastró para escapar, hundiendo los dedos en carne podrida. Las moscas negras se deleitaban con su piel descubierta a la vez que sentía como si le clavaran cientos de alfileres. Cuando se desplomó, se encontró cara a cara con los deslumbrantes ojos miel de una mujer muerta. Demasiado débil para alejarse, no pudo hacer más que ser testigo del trabajo de su vida.
Luego, cuando estaba al borde de la muerte, algo lo trajo de vuelta. Despertó en una pequeña cama mientras una cara arrugada y amable lo miraba. Después de un tiempo de sufrimiento, se recuperó en una antigua escuela de misterios que se hacía pasar por un monasterio. Los monjes estudiaban textos prohibidos en verdes jardines que estaban detrás de muros altos y modestos, esforzándose por expandir la mente humana en búsqueda de otras dimensiones con la creencia de que una cosa se conectaba con la otra.
El conocimiento de Talbot resultó indispensable. Sus químicos que alteraban la mente se integraban perfectamente con las teorías de expansión neuronal. Entonces, se dio cuenta de que su salvación no había sido una coincidencia; sino que lo habían sacado del foso específicamente para contribuir al conocimiento de la escuela. Aceptó ayudar hasta recuperarse completamente y se encargó de investigar lo que los monjes llamaron el químico del alma, un compuesto derivado de la glándula pineal que podía abrir el ojo de la mente. Lo que comenzó como un favor a sus salvadores pronto se convirtió en una obsesión. Al analizar los archivos de textos perdidos de la escuela, descubrió fórmulas científicas que confirmaban ideas previamente impensables. Soñaba con introducir a la humanidad en un nuevo período de iluminación. Quizás entonces, las pesadillas de cientos de obreros muertos, y de esos ojos miel, se desvanecerían de su mente.
A medida que se acercaba a un descubrimiento, el comportamiento de los monjes cambiaba. Las amables sonrisas que mostraban se combinaban con ojos inquietos que rápidamente se alejaban cuando los veía. Las conversaciones educadas a las que alguna vez tuvo acceso se convirtieron en murmullos silenciosos. Lo último que vio de la escuela fue el techo agrietado sobre su cama, ramificado como una dendrita a través del yeso.
Sus siguientes recuerdos fueron un mosaico destrozado de imágenes y sensaciones: luces borrosas, pezuñas de caballo en adoquines, arpillera gruesa arañando sus mejillas y mordidas profundas en su brazo. Se despertó harapiento y sucio, extendido en un colchón de paja de una guarida de opio. Con la mente invadida por una niebla densa, su primer pensamiento fue sobre sus notas, el único registro de sus revelaciones innovadoras. Buscó frenéticamente, revolviendo todo en el sucio sótano mientras suplicaba por ayuda en voz alta. Los otros escasos habitantes miraron desde sus hamacas, ofreciendo únicamente sus ojos drogados y miradas apáticas que pronto se apagaron por el sueño. Antes de que notara la figura con túnica detrás de él, una aguja se hundió en su brazo y el mundo desapareció una vez más.
Despertó. Otra vez. Todo era cada vez más confuso que la vez anterior. Con su lengua, sintió espacios vacíos entre sus dientes. "¿Cuánto tiempo?", se preguntó. Un recuerdo tenue volvió. El químico del alma. Sus notas. Estaba al borde de hacer un descubrimiento. Un susurro lejano entró en su mente.
Tomó una piedra con torpeza, afilándola con manos temblorosas. En la tenue luz de la guarida y entre los ocupantes catatónicos, talló la investigación de su memoria a las paredes. Escribió durante horas hasta que sus dedos sangraron, pasándose al suelo, escuchando todo lo que la voz susurraba a pesar de su incapacidad para comprenderla. Cuando no quedó nada que escribir, tomó la piedra y grabó el mensaje en su pecho. Manchado de sangre, presenció un milagro: un magnífico campo de exuberantes flores anaranjadas apareció ante él. La voz susurrante le hizo señas, instándolo a entrar en el campo y descubrir mundos y dimensiones más allá de la comprensión humana. Por un momento, Talbot sintió la sensación de asombro que experimentaba de niño.
Los habitantes de la guarida de opio despertaron y se encontraron con el silencio y el aroma seco del humo aún en el aire. Al avanzar por la niebla de las drogas, encontraron el suelo de piedra lleno de sangre y pequeños riachuelos que corrían a través de las grietas. A medida que sus ojos se ajustaron a la habitación oscurecida, los garabatos de letras irregulares comenzaron a aparecer. Había una sola línea escrita una y otra vez: La muerte es solo el comienzo.
En su adultez, su ambición se desarrolló tan rápido como sus métodos cuestionables. Asistió a la Escuela de Medicina de Londres y sobresalió a pesar de varias reprimendas. Sus ganas de superar los límites le aseguraron un puesto en la Compañía Británica de las Indias Orientales, y en siete años fue nombrado químico jefe. Con el tiempo, terminó uno de sus más grandes logros: un químico que podía aumentar la productividad de un trabajador y reducir su necesidad de descanso. Fue recompensado con un laboratorio secreto debajo de un campo de prisioneros en la Isla Dyer.
Ahí, fuera de la costa de India, los prisioneros de la guerra del Opio se convirtieron en sus súbditos reticentes, lo que lo llevó a crear una droga que permitía a los soldados soportar increíbles cantidades de dolor. Aunque la mayoría de los efectos secundarios eran menores, se rumoraba que una pequeña cantidad de soldados se volvieron locos. En su estado salvaje, masacraron aldeas: empalaron a la población con bayonetas y la dejaron colgando de los árboles. No hubo reportes oficiales sobre el tema y Talbot se negó a culparse por lo que solo se podría tratar de exageradas historias de guerra.
Aunque su cruel brillantez parecía imperturbable, desconocía los enemigos que su cuestionable trabajo había creado. La realidad lo golpeó, literalmente, con un tubo de acero en la nuca durante un viaje a Mangaluru. Lo ataron y lo metieron a un vagón. Cuando le quitaron la venda, un hombre enfermo le mostró una fosa común llena de cientos de cuerpos. Sin que Talbot lo supiera, su droga que aumentaba la productividad había matado a casi todos los trabajadores de una fábrica. Sabía que no podía defenderse de la ira y las acusaciones de su secuestrador, y lo único que pudo hacer fue acurrucarse mientras los golpes de los tubos de acero caían sobre él. Su cuerpo fue arrojado a la tumba y dado por muerto. Mientras alternaba entre la consciencia y la oscuridad, se arrastró para escapar, hundiendo los dedos en carne podrida. Las moscas negras se deleitaban con su piel descubierta a la vez que sentía como si le clavaran cientos de alfileres. Cuando se desplomó, se encontró cara a cara con los deslumbrantes ojos miel de una mujer muerta. Demasiado débil para alejarse, no pudo hacer más que ser testigo del trabajo de su vida.
Luego, cuando estaba al borde de la muerte, algo lo trajo de vuelta. Despertó en una pequeña cama mientras una cara arrugada y amable lo miraba. Después de un tiempo de sufrimiento, se recuperó en una antigua escuela de misterios que se hacía pasar por un monasterio. Los monjes estudiaban textos prohibidos en verdes jardines que estaban detrás de muros altos y modestos, esforzándose por expandir la mente humana en búsqueda de otras dimensiones con la creencia de que una cosa se conectaba con la otra.
El conocimiento de Talbot resultó indispensable. Sus químicos que alteraban la mente se integraban perfectamente con las teorías de expansión neuronal. Entonces, se dio cuenta de que su salvación no había sido una coincidencia; sino que lo habían sacado del foso específicamente para contribuir al conocimiento de la escuela. Aceptó ayudar hasta recuperarse completamente y se encargó de investigar lo que los monjes llamaron el químico del alma, un compuesto derivado de la glándula pineal que podía abrir el ojo de la mente. Lo que comenzó como un favor a sus salvadores pronto se convirtió en una obsesión. Al analizar los archivos de textos perdidos de la escuela, descubrió fórmulas científicas que confirmaban ideas previamente impensables. Soñaba con introducir a la humanidad en un nuevo período de iluminación. Quizás entonces, las pesadillas de cientos de obreros muertos, y de esos ojos miel, se desvanecerían de su mente.
A medida que se acercaba a un descubrimiento, el comportamiento de los monjes cambiaba. Las amables sonrisas que mostraban se combinaban con ojos inquietos que rápidamente se alejaban cuando los veía. Las conversaciones educadas a las que alguna vez tuvo acceso se convirtieron en murmullos silenciosos. Lo último que vio de la escuela fue el techo agrietado sobre su cama, ramificado como una dendrita a través del yeso.
Sus siguientes recuerdos fueron un mosaico destrozado de imágenes y sensaciones: luces borrosas, pezuñas de caballo en adoquines, arpillera gruesa arañando sus mejillas y mordidas profundas en su brazo. Se despertó harapiento y sucio, extendido en un colchón de paja de una guarida de opio. Con la mente invadida por una niebla densa, su primer pensamiento fue sobre sus notas, el único registro de sus revelaciones innovadoras. Buscó frenéticamente, revolviendo todo en el sucio sótano mientras suplicaba por ayuda en voz alta. Los otros escasos habitantes miraron desde sus hamacas, ofreciendo únicamente sus ojos drogados y miradas apáticas que pronto se apagaron por el sueño. Antes de que notara la figura con túnica detrás de él, una aguja se hundió en su brazo y el mundo desapareció una vez más.
Despertó. Otra vez. Todo era cada vez más confuso que la vez anterior. Con su lengua, sintió espacios vacíos entre sus dientes. "¿Cuánto tiempo?", se preguntó. Un recuerdo tenue volvió. El químico del alma. Sus notas. Estaba al borde de hacer un descubrimiento. Un susurro lejano entró en su mente.
Tomó una piedra con torpeza, afilándola con manos temblorosas. En la tenue luz de la guarida y entre los ocupantes catatónicos, talló la investigación de su memoria a las paredes. Escribió durante horas hasta que sus dedos sangraron, pasándose al suelo, escuchando todo lo que la voz susurraba a pesar de su incapacidad para comprenderla. Cuando no quedó nada que escribir, tomó la piedra y grabó el mensaje en su pecho. Manchado de sangre, presenció un milagro: un magnífico campo de exuberantes flores anaranjadas apareció ante él. La voz susurrante le hizo señas, instándolo a entrar en el campo y descubrir mundos y dimensiones más allá de la comprensión humana. Por un momento, Talbot sintió la sensación de asombro que experimentaba de niño.
Los habitantes de la guarida de opio despertaron y se encontraron con el silencio y el aroma seco del humo aún en el aire. Al avanzar por la niebla de las drogas, encontraron el suelo de piedra lleno de sangre y pequeños riachuelos que corrían a través de las grietas. A medida que sus ojos se ajustaron a la habitación oscurecida, los garabatos de letras irregulares comenzaron a aparecer. Había una sola línea escrita una y otra vez: La muerte es solo el comienzo.