El Arponero de la Muerte
Base Info
- ChapterCapítulo Chains of Hate
- Difficulty
- Speed110%4.4 m/s
Perks
Feature
Un asesino vengativo que puede atacar a los sobrevivientes con un arpón a distancia y enrollarlos hacia él con su poder, El Redentor.
Sus ventajas personales, Cabeza dentada, Interruptor de hombre muerto y Maleficio: Retribución le sirven para ubicar y obstaculizar los objetivos de los sobrevivientes, además de castigarlos por destruir tótems.
Sus ventajas personales, Cabeza dentada, Interruptor de hombre muerto y Maleficio: Retribución le sirven para ubicar y obstaculizar los objetivos de los sobrevivientes, además de castigarlos por destruir tótems.
Skill
El Redentor
El ingenio del Arponero de la Muerte le otorga la capacidad de obtener recompensas con un invento único: un rifle híbrido altamente modificado que reemplaza las municiones convencionales con un arpón afilado sujeto a una cadena.
EL REDENTOR
Mantén presionado el botón de poder para apuntar. Presiona el botón de ataque para disparar un arpón que puede clavarse en un sobreviviente para poder enrollarlo hacia el Arponero de la Muerte contra su voluntad.
Enrollar:
cuando El Redentor impacta a un sobreviviente con el arpón, mantén presionado el botón de poder para enrollarlo hacia ti. Es posible que los sobrevivientes luchen contra la cadena o usen el entorno para romperla, lo que aturdirá brevemente al Arponero de la Muerte, pondrá al sobreviviente en estado de herido y aplicará el efecto de estado Herida Profunda. Si usas un ataque básico mientras un sobreviviente tenga el arpón incrustado, romperás la cadena sin aplicar ninguna penalización ni al Arponero de la Muerte ni al sobreviviente. Si golpeas con éxito a un sobreviviente con un ataque básico mientras tenga el arpón incrustado y esté ileso, se aplicará el efecto de estado Herida Profunda.
Recargar:
El Redentor se debe recargar después de cada disparo antes de poder usarlo de nuevo. Mantén presionado el botón de habilidad activa para recargar El Redentor.
EL REDENTOR
Mantén presionado el botón de poder para apuntar. Presiona el botón de ataque para disparar un arpón que puede clavarse en un sobreviviente para poder enrollarlo hacia el Arponero de la Muerte contra su voluntad.
Enrollar:
cuando El Redentor impacta a un sobreviviente con el arpón, mantén presionado el botón de poder para enrollarlo hacia ti. Es posible que los sobrevivientes luchen contra la cadena o usen el entorno para romperla, lo que aturdirá brevemente al Arponero de la Muerte, pondrá al sobreviviente en estado de herido y aplicará el efecto de estado Herida Profunda. Si usas un ataque básico mientras un sobreviviente tenga el arpón incrustado, romperás la cadena sin aplicar ninguna penalización ni al Arponero de la Muerte ni al sobreviviente. Si golpeas con éxito a un sobreviviente con un ataque básico mientras tenga el arpón incrustado y esté ileso, se aplicará el efecto de estado Herida Profunda.
Recargar:
El Redentor se debe recargar después de cada disparo antes de poder usarlo de nuevo. Mantén presionado el botón de habilidad activa para recargar El Redentor.
Story
Nacido en las polvorientas tierras del medio oeste americano, Caleb Quinn era hijo de inmigrantes irlandeses que luchaban por sobrevivir. En el borde de la frontera, la enfermedad, la hambruna y la muerte eran una situación normal, y los pioneros peleaban por las sobras que podían conseguir mientras los magnates se daban un festín. El padre de Caleb, que una vez fue ingeniero, tenía pocas opciones para ejercer su oficio, ya que los negocios mostraban un cartel común: "no solicitamos irlandeses". Sus anticuadas herramientas permanecieron intactas durante años hasta que Caleb las descubrió. Al notar el interés de su hijo por el oficio, le regaló su vieja llave inglesa.
Los dispositivos que Caleb hizo bajo la dirección de su padre tenían aplicaciones pintorescas, pero cuando su padre estaba fuera, se volvieron sombríos. Escondió los planos de una máscara que clavaba agujas de púas en los ojos de un humano y los arrancaba de sus órbitas, con bocetos de la misma ajustados a los chicos que lo molestaban.
Con el tiempo, las habilidades de ingeniería de Caleb se hicieron comercializables y los empleadores dejaron de lado su discriminación. Henry Bayshore, el dueño de Ferrocarriles United West, lo contrató.
Caleb inventó primero un arma que insertaba clavos de ferrocarril en el suelo. Luego, hizo una perforadora de túneles a vapor. Pero mientras Bayshore fingía indiferencia, los dispositivos comenzaron a aparecer en otras compañías; robaban y vendían las patentes de Caleb.
Una sensación familiar recorrió la sangre de Caleb que alimentó el agudo dolor de su corazón. Incluso ahora, peleaba por las sobras mientras los ricos se beneficiaban de su trabajo intelectual. La rabia lo abrumó, irrumpió en la oficina de Bayshore y le rompió la cara hasta desfigurarla. Cuando lo sacaron, colocó su pistola especial en el estómago de su jefe y apretó el gatillo. Un clavo de ferrocarril atravesó la piel y las vísceras, y clavó a Bayshore a su escritorio.
Lo único que salvó a Caleb de la horca fue que Bayshore, contra todo pronóstico, sobrevivió. Durante quince años, Caleb estuvo confinado en la Penitenciaría de Hellshire, la primera prisión privada del país. En una fortaleza de convictos analfabetos, encontró una extraña amistad con el educado alcaide de la prisión. Diseñó dispositivos de tortura para él y a cambio recibía comida adicional. Después de un tiempo, el alcaide se ofreció a conmutar su sentencia. Habló de algo más grande que la riqueza monetaria, capital político, y de que sus conexiones podrían hacer que Bayshore quedara como culpable y tras las rejas de por vida. Solo tenía una petición: hacerlo rico. Llenar la prisión. Usar ingenio para encerrar con vida a los forajidos.
Caleb regresó a su taller y, con algunas modificaciones, surgió algo nuevo: un arpón. La primera prueba ocurrió cuando un ladrón robó una lavandería china. Aprovechando la oportunidad, Caleb desató su prototipo. Las articulaciones metálicas chirriaron cuando el arpón disparó hacia delante, lo que penetró en el abdomen del objetivo. Pero al tirar del arpón, este atrapó los intestinos del ladrón y, con un sonido horripilante, los arrastró hasta piso.
Después de varias iteraciones, los destripamientos disminuyeron. El director de la prisión movió hilos bajo la mesa y liberó a los presos irlandeses para formar la pandilla de Caleb. Ese fue el nacimiento de la Pandilla de Hellshire.
Durante seis años vagaron por el país recolectando forajidos buscados por la ley para la prisión y cumpliendo su parte del trato. Después de una sangrienta batalla en Glenvale, Caleb se fijó en un titular de periódico: Henry Bayshore compra la Penitenciaría de Hellshire. En la fotografía, un Bayshore desfigurado estrechaba orgullosamente la mano del alcaide. El corazón de Caleb latía lleno de rabia, la sangre se le hinchaba como si le fuera a estallar de las venas. Lo habían traicionado, un peón en el juego de un hombre rico.
La Pandilla de Hellshire le juró lealtad a Caleb y fueron tras la cabeza del alcaide. Con un atronador galope, atravesaron la entrada de la prisión bramando como merodeadores sedientos de sangre. Un guardia levantó su pistola, pero fue demasiado tarde. Un arpón le perforó el pecho. Caleb agarró la cabeza del hombre y la azotó contra una celda de la prisión hasta que se derramó a través de los barrotes.
Al llegar a la oficina del alcaide, Caleb pateó la puerta y no puedo haber tenido mayor suerte: no solo estaba el alcaide de la prisión acorralado en una esquina, sino que también estaba Henry Bayshore. Dominado por su furia, Caleb corrió hacia Bayshore de forma violenta y le desgarró la carne. La sangre del hombre goteaba de su cara, el color carmesí se acumulaba a sus pies. La Pandilla de Hellshire se abalanzó sobre el alcaide, quebrando sus huesos con cada patada.
Con los dos hombres quebrados y rogando por su muerte, la pandilla los arrastró a la sala principal donde los dejaron con la creciente multitud de prisioneros.
Empapado en sangre y sudor, Caleb cojeó hasta su antigua celda apenas notando los gritos de Bayshore. Se sentó en el borde de la cama mientras las gotas de sangre escurrían por sus dedos. Una niebla espesa y sobrenatural atravesó la ventana enrejada. Sacó su vieja llave inglesa, agrietada y oxidada, y pasó un pulgar a lo largo del metal mirándolo con ojos descoloridos. No podía recordar cuando llegó a su posesión. No le importaba recordar. A sus pies vio un camino polvoriento y, al final, las siluetas de todos los que le habían hecho daño: los chicos que lo molestaban, los ejecutivos que se aprovechaban de él y, de nuevo... Henry Bayshore. De la niebla emergían las herramientas para deshacerse de ellos: ganchos de acero imperdonables, brillantes y hermosos en su simplicidad. El dolor le desgarró la pierna mientras se ponía de pie, pero resistió y caminó por el polvoriento sendero, donde dejó un rastro de sangre que fluía detrás de él.