El Caballero
Base Info
- ChapterCapítulo Forged In Fog
- Difficulty
- Speed115%4.6 m/s
Perks
Feature
El Caballero es un asesino estratega, capaz de enviar a sus fieles guardias a cazar sobrevivientes y dañar objetos en el campo de batalla.
Sus ventajas personales, No hay dónde esconderse, Maleficio: Enfrenta la oscuridad y Soberbia le permiten revelar sobrevivientes cerca de los generadores, maldecir sobrevivientes para que griten de miedo y hacer que un sobreviviente que te aturde quede Expuesto.
Sus ventajas personales, No hay dónde esconderse, Maleficio: Enfrenta la oscuridad y Soberbia le permiten revelar sobrevivientes cerca de los generadores, maldecir sobrevivientes para que griten de miedo y hacer que un sobreviviente que te aturde quede Expuesto.
Skill
Guardia Compagnia
El Caballero es un monstruo aterrador en el campo de batalla, pero si lo acompañan sus guardias leales, se vuelve casi imparable. Juntos, la Guardia Compagnia lucha por su propia libertad y mata a quienes interfieran en su camino.
HABILIDAD ESPECIAL: INVOCAR GUARDIA
Presiona el botón de poder para activar el modo Invocar guardia. Una vez activado, muévete para crear un camino de patrulla. Mientras estés en el modo Invocar guardia, puedes apuntarle a un generador en progreso, a una tarima derribada o a un muro destruible y presionar el botón de ataque. Esto invocará un guardia para completar la acción destructiva del objeto seleccionado. También puedes presionar el botón de poder o vaciar el indicador de poder por completo para salir del modo Invocar guardia. Esto invocará un guardia que seguirá y patrullará el camino creado. Mientras más largo sea el sendero de patrulla, el temporizador de caza del guardia tendrá más tiempo. Hay tres guardias que puedes invocar, uno a la vez: El Carnicero, que puede romper o dañar objetos más rápido; el Homicida, que se mueve más rápido durante la caza, y el Carcelero, que patrulla y caza por más tiempo, y es mejor en las detecciones.
HABILIDAD ESPECIAL DE GUARDIA: LA CACERÍA
Mientras un guardia está patrullando, puede avistar y detectar sobrevivientes. Si detecta a un o una sobreviviente, el guardia se moverá a su ubicación, dejando un estandarte en el suelo, y comenzará a cazar al o a la sobreviviente por un periodo determinado. El o la sobreviviente puede escapar de un guardia si descuelga a otro sobreviviente, toma el estandarte o se mantiene con vida hasta que termine el temporizador de la cacería. Si un guardia o el Caballero atacan con éxito al o a la sobreviviente, el guardia desaparecerá. Cuando un guardia derriba a un o una sobreviviente, el Caballero recibe una notificación de Instinto asesino.
HABILIDAD ESPECIAL: INVOCAR GUARDIA
Presiona el botón de poder para activar el modo Invocar guardia. Una vez activado, muévete para crear un camino de patrulla. Mientras estés en el modo Invocar guardia, puedes apuntarle a un generador en progreso, a una tarima derribada o a un muro destruible y presionar el botón de ataque. Esto invocará un guardia para completar la acción destructiva del objeto seleccionado. También puedes presionar el botón de poder o vaciar el indicador de poder por completo para salir del modo Invocar guardia. Esto invocará un guardia que seguirá y patrullará el camino creado. Mientras más largo sea el sendero de patrulla, el temporizador de caza del guardia tendrá más tiempo. Hay tres guardias que puedes invocar, uno a la vez: El Carnicero, que puede romper o dañar objetos más rápido; el Homicida, que se mueve más rápido durante la caza, y el Carcelero, que patrulla y caza por más tiempo, y es mejor en las detecciones.
HABILIDAD ESPECIAL DE GUARDIA: LA CACERÍA
Mientras un guardia está patrullando, puede avistar y detectar sobrevivientes. Si detecta a un o una sobreviviente, el guardia se moverá a su ubicación, dejando un estandarte en el suelo, y comenzará a cazar al o a la sobreviviente por un periodo determinado. El o la sobreviviente puede escapar de un guardia si descuelga a otro sobreviviente, toma el estandarte o se mantiene con vida hasta que termine el temporizador de la cacería. Si un guardia o el Caballero atacan con éxito al o a la sobreviviente, el guardia desaparecerá. Cuando un guardia derriba a un o una sobreviviente, el Caballero recibe una notificación de Instinto asesino.
Story
Tarhos Kovács no recordaba mucho de su infancia, pero lo poco que sí lo perseguiría por el resto de su vida. Recordaba los gritos y lamentos de la aldea. Recordaba a su madre forzándolo a tragar un fluido negro y espeso, similar a un jarabe. Recordaba caer de golpe contra el suelo y después despertar en una fosa común, enterrado bajo una pila de cuerpos, con el sonido de la aldea quemándose en sus oídos. Recordaba empujar, jalar y escalar a la cima de la masa sangrienta, solo para enfrentarse a la muerte, a la destrucción y al silencio, ese silencio indiferente e impenetrable. De repente, un quejido agudo repicó en sus oídos y sintió un escozor en la piel al percatarse de que estaba ante la presencia de algo que no podía comprender. Y aunque no conseguía articular lo que estaba viviendo, sabía que no era dolor, ni pesar, ni miedo. Era algo más. Algo más cercano al...
Asombro.
Mientras Tarhos trataba de comprender qué estaba pasando, no vio a los hombres que se acercaban a él por detrás. Ni siquiera reaccionó cuando lo cargaron a la fuerza a una carreta arrastrada por un caballo y lo encerraron en una pequeña jaula de madera con otros esclavos. Solo contemplaba la escena, cautivado. E incluso mientras se alejaban del lugar y le decían que lo llevarían a Italia, Tarhos observaba todo a través de las rendijas de la madera con los ojos bien abiertos y un deseo en su corazón por entender lo que no tenía explicación.
Desde ese día, Tarhos se integró a la Guardia Compagnia, en donde recibió entrenamiento por parte de Kadir Hakam. Ahí, aprendió a empuñar armas, forjar armaduras y recitar un código de caballería para servir con obediencia a quienes emplearían sus servicios. Con el paso de los años, Tarhos hizo unos cuantos amigos entre los hostiles y competitivos mercenarios. Pero su habilidad, fuerza y astucia le aseguraron un pequeño número de seguidores que creían que su valentía les daba suerte en la batalla y que, algún día, los ayudaría a conseguir su libertad colectiva. Tres de sus seguidores le juraron lealtad eterna y llegaron a ser conocidos como los tres incondicionales. Su grupo.
Alejandro Santiago era aprendiz del armero de la Guardia Compagnia.
Durkos Malecek mostró gran destreza para el sigilo y los asesinatos silenciosos.
Sander Rault igualaba a Tarhos en tamaño y fuerza. Su arma predilecta era una gigantesca hacha de batalla.
Mientras la Guardia Compagnia llevaba adelante campañas en tierras lejanas, Tarhos despachaba incontables enemigos. Los años pasaron. La sangre corrió. Y, sin embargo, todas esas muertes no conseguían acercar a Tarhos a aquella sensación que había experimentado en su aldea. Aun así, gracias a su valentía en batalla, Tarhos recibió el título de caballero y su libertad. El esclavo húngaro ahora era libre y su brutalidad había sido recompensada. Sin embargo, su corazón aún anhelaba algo más, algo que no lograba nombrar o describir. Cansado de obedecer órdenes de aquellos a quienes consideraba inferiores, Tarhos abandonó la Guardia Compagnia para actuar por su cuenta. No obstante, su líder se negó a liberar a sus seguidores.
Determinado a juntar el oro suficiente para liberar a sus seguidores, Tarhos consiguió un empleo con un adinerado lord italiano. Vittorio Toscano era el duque de Portoscuro. También era un erudito, un trotamundos y un coleccionista de conocimiento antiguo que había sido escondido por una camarilla anónima de místicos. Tarhos se unió a la expedición más reciente de Vittorio para encontrar un fragmento de un pilar de una escuela antigua olvidada hace mucho tiempo. Una piedra a la que Vittorio llamaba Lapis Paradisus, puesto que creía que guardaba el secreto para abrir un portal a un mundo perfecto, situado más allá del bien y del mal.
La expedición revisó las ruinas romanas en Francia y atravesó los Pirineos hacia España en donde el camino los condujo a las catacumbas bajo la ciudad portuguesa de Sintra.
Los ciudadanos de ese lugar consideraban que las catacumbas eran sagradas. Tarhos tendría que matar a los aldeanos que vigilaban la entrada para conseguir la piedra. Vittorio no deseaba derramar sangre, por lo que le ordenó a Tarhos que encontrara otra forma de entrar. Pero Tarhos, quien había atestiguado los actos más cruentos cometidos en nombre de la caballería, se negó a ser disuadido so pretexto del honor. Esperó a que Vittorio cabalgara de regreso al campamento. Y después, con un gran rugido, se lanzó a la carga y se abrió paso de forma sangrienta hacia la oscuridad, hasta que tuvo la piedra entre sus manos.
Al regresar a la aldea de Portoscuro, Tarhos encerró a Vittorio en su propio calabozo y le exigió que le revelara el significado detrás de los símbolos tallados en la piedra. Cuando Vittorio se negó a hablar, Tarhos torturó despiadadamente a sus amigos y familiares, y exhibió sus cadáveres de formas terribles en las calles. Pero nada de esto logró hacer que Vittorio le revelara los secretos de la piedra. Enfurecido, Tarhos se apoderó de las riquezas de Vittorio y formó un pequeño ejército. En meses, Tarhos marchó sin temor hacia la Guardia Compagnia, decimó sus barracas, liberó a sus seguidores, quebró a sus enemigos como si fueran ramas y recolectó sus cabezas "justas" para sus exhibiciones de "coraje".
Al poco tiempo, los lores de las provincias cercanas creían que Tarhos era la mismísima encarnación del mal. Se aliaron para crear un ejército "moral" y "virtuoso" para expurgar el mal de Portoscuro. Tarhos ignoró sus amenazas. Veía a los lores como un grupo cobarde que ocultaba su ambición y su codicia detrás de leyes, códigos y lugares comunes. Las leyes, los códigos y los lugares comunes diseñados para ocultar la misma oscuridad a la que Tarhos se entregó y aceptó sin duda.
Pero, con el avance de sus enemigos, Tarhos se dirigió a los calabozos para darle a Vittorio la muerte que merecía. Incluso se negó a darle la más ligera esperanza de rescate. Con intenciones oscuras, entró a la pequeña celda, se abrió paso hacia las entrañas de la tierra y avanzó por un corredor alumbrado por antorchas. Dudó por un momento, dándose cuenta de que jamás llegaría a conocer los secretos y el conocimiento de Vittorio. Pero tampoco nadie más. Eso le bastó. Así que abrió la puerta del calabozo con una patada. Dos zancadas rápidas lo introdujeron a una celda vacía e infestada de ratas.
Tarhos permaneció en silencio por un momento, y después un rugido de indignación estalló en sus pulmones mientras los sonidos de la batalla reverberaron súbitamente a través del pueblo. Salió de inmediato hacia el pasillo, subió a toda velocidad por las escaleras, saltó hacia la entrada alumbrada por la luz de la luna y avanzó por charcos de sangre y vísceras brillantes, destrozando y haciendo trizas a los enemigos que encontraba en el camino. Los lores "morales" y "virtuosos" lanzaban piedras ardientes y troncos de árboles por toda la aldea, asolando hogares, aplastando a los habitantes como gusanos, pisoteando la tierra y prendiendo fuego a pilas de paja y maderas que se elevaban como lenguas de fuego.
En medio de la carnicería y el caos, el grupo encontró a Tarhos y, espalda contra espalda, se convirtieron en un torbellino de muerte. Algunos creían que su coraje daba suerte. Otros, que algo de otro mundo los protegía. No importa que haya sido en verdad: ellos solos decimaron a docenas de guerreros con la facilidad propia de pisar y aplastar escarabajos. Y mientras masacraban a los enemigos, Tarhos no se percató de la extraña niebla que se alzaba de los cuerpos caídos y del repiqueteo de las armaduras hasta que no pudo ver más allá de cinco centímetros frente a él.
Tarhos se abalanzó hacia adelante, tanteando la niebla espesa como aquel fluido oscuro que su madre lo forzó a tragar hace ya tantos años. Mientras llamaba a su grupo, perdió la coordinación y el sentido de la orientación. No sabía qué tanto había trastabillado en esa oscuridad casi perfecta. Pero de pronto, la niebla se disipó para revelar un páramo fantasmal de cuerpos en descomposición y aldeas en llamas e imponentes torres desquebrajándose retorcidas hacia el horizonte. Miró asombrado. Un quejido agudo repicó en sus oídos y sintió un escozor en la piel. Paralizado, cayó en la cuenta de que, ante una probabilidad increíble, su corazón había encontrado exactamente lo que había estado buscando toda su vida. No necesitaba a Vittorio. No necesitaba la piedra. Había encontrado su paraíso. Había encontrado...
La belleza y el horror.
Había encontrado...
Lo sublime.
Asombro.
Mientras Tarhos trataba de comprender qué estaba pasando, no vio a los hombres que se acercaban a él por detrás. Ni siquiera reaccionó cuando lo cargaron a la fuerza a una carreta arrastrada por un caballo y lo encerraron en una pequeña jaula de madera con otros esclavos. Solo contemplaba la escena, cautivado. E incluso mientras se alejaban del lugar y le decían que lo llevarían a Italia, Tarhos observaba todo a través de las rendijas de la madera con los ojos bien abiertos y un deseo en su corazón por entender lo que no tenía explicación.
Desde ese día, Tarhos se integró a la Guardia Compagnia, en donde recibió entrenamiento por parte de Kadir Hakam. Ahí, aprendió a empuñar armas, forjar armaduras y recitar un código de caballería para servir con obediencia a quienes emplearían sus servicios. Con el paso de los años, Tarhos hizo unos cuantos amigos entre los hostiles y competitivos mercenarios. Pero su habilidad, fuerza y astucia le aseguraron un pequeño número de seguidores que creían que su valentía les daba suerte en la batalla y que, algún día, los ayudaría a conseguir su libertad colectiva. Tres de sus seguidores le juraron lealtad eterna y llegaron a ser conocidos como los tres incondicionales. Su grupo.
Alejandro Santiago era aprendiz del armero de la Guardia Compagnia.
Durkos Malecek mostró gran destreza para el sigilo y los asesinatos silenciosos.
Sander Rault igualaba a Tarhos en tamaño y fuerza. Su arma predilecta era una gigantesca hacha de batalla.
Mientras la Guardia Compagnia llevaba adelante campañas en tierras lejanas, Tarhos despachaba incontables enemigos. Los años pasaron. La sangre corrió. Y, sin embargo, todas esas muertes no conseguían acercar a Tarhos a aquella sensación que había experimentado en su aldea. Aun así, gracias a su valentía en batalla, Tarhos recibió el título de caballero y su libertad. El esclavo húngaro ahora era libre y su brutalidad había sido recompensada. Sin embargo, su corazón aún anhelaba algo más, algo que no lograba nombrar o describir. Cansado de obedecer órdenes de aquellos a quienes consideraba inferiores, Tarhos abandonó la Guardia Compagnia para actuar por su cuenta. No obstante, su líder se negó a liberar a sus seguidores.
Determinado a juntar el oro suficiente para liberar a sus seguidores, Tarhos consiguió un empleo con un adinerado lord italiano. Vittorio Toscano era el duque de Portoscuro. También era un erudito, un trotamundos y un coleccionista de conocimiento antiguo que había sido escondido por una camarilla anónima de místicos. Tarhos se unió a la expedición más reciente de Vittorio para encontrar un fragmento de un pilar de una escuela antigua olvidada hace mucho tiempo. Una piedra a la que Vittorio llamaba Lapis Paradisus, puesto que creía que guardaba el secreto para abrir un portal a un mundo perfecto, situado más allá del bien y del mal.
La expedición revisó las ruinas romanas en Francia y atravesó los Pirineos hacia España en donde el camino los condujo a las catacumbas bajo la ciudad portuguesa de Sintra.
Los ciudadanos de ese lugar consideraban que las catacumbas eran sagradas. Tarhos tendría que matar a los aldeanos que vigilaban la entrada para conseguir la piedra. Vittorio no deseaba derramar sangre, por lo que le ordenó a Tarhos que encontrara otra forma de entrar. Pero Tarhos, quien había atestiguado los actos más cruentos cometidos en nombre de la caballería, se negó a ser disuadido so pretexto del honor. Esperó a que Vittorio cabalgara de regreso al campamento. Y después, con un gran rugido, se lanzó a la carga y se abrió paso de forma sangrienta hacia la oscuridad, hasta que tuvo la piedra entre sus manos.
Al regresar a la aldea de Portoscuro, Tarhos encerró a Vittorio en su propio calabozo y le exigió que le revelara el significado detrás de los símbolos tallados en la piedra. Cuando Vittorio se negó a hablar, Tarhos torturó despiadadamente a sus amigos y familiares, y exhibió sus cadáveres de formas terribles en las calles. Pero nada de esto logró hacer que Vittorio le revelara los secretos de la piedra. Enfurecido, Tarhos se apoderó de las riquezas de Vittorio y formó un pequeño ejército. En meses, Tarhos marchó sin temor hacia la Guardia Compagnia, decimó sus barracas, liberó a sus seguidores, quebró a sus enemigos como si fueran ramas y recolectó sus cabezas "justas" para sus exhibiciones de "coraje".
Al poco tiempo, los lores de las provincias cercanas creían que Tarhos era la mismísima encarnación del mal. Se aliaron para crear un ejército "moral" y "virtuoso" para expurgar el mal de Portoscuro. Tarhos ignoró sus amenazas. Veía a los lores como un grupo cobarde que ocultaba su ambición y su codicia detrás de leyes, códigos y lugares comunes. Las leyes, los códigos y los lugares comunes diseñados para ocultar la misma oscuridad a la que Tarhos se entregó y aceptó sin duda.
Pero, con el avance de sus enemigos, Tarhos se dirigió a los calabozos para darle a Vittorio la muerte que merecía. Incluso se negó a darle la más ligera esperanza de rescate. Con intenciones oscuras, entró a la pequeña celda, se abrió paso hacia las entrañas de la tierra y avanzó por un corredor alumbrado por antorchas. Dudó por un momento, dándose cuenta de que jamás llegaría a conocer los secretos y el conocimiento de Vittorio. Pero tampoco nadie más. Eso le bastó. Así que abrió la puerta del calabozo con una patada. Dos zancadas rápidas lo introdujeron a una celda vacía e infestada de ratas.
Tarhos permaneció en silencio por un momento, y después un rugido de indignación estalló en sus pulmones mientras los sonidos de la batalla reverberaron súbitamente a través del pueblo. Salió de inmediato hacia el pasillo, subió a toda velocidad por las escaleras, saltó hacia la entrada alumbrada por la luz de la luna y avanzó por charcos de sangre y vísceras brillantes, destrozando y haciendo trizas a los enemigos que encontraba en el camino. Los lores "morales" y "virtuosos" lanzaban piedras ardientes y troncos de árboles por toda la aldea, asolando hogares, aplastando a los habitantes como gusanos, pisoteando la tierra y prendiendo fuego a pilas de paja y maderas que se elevaban como lenguas de fuego.
En medio de la carnicería y el caos, el grupo encontró a Tarhos y, espalda contra espalda, se convirtieron en un torbellino de muerte. Algunos creían que su coraje daba suerte. Otros, que algo de otro mundo los protegía. No importa que haya sido en verdad: ellos solos decimaron a docenas de guerreros con la facilidad propia de pisar y aplastar escarabajos. Y mientras masacraban a los enemigos, Tarhos no se percató de la extraña niebla que se alzaba de los cuerpos caídos y del repiqueteo de las armaduras hasta que no pudo ver más allá de cinco centímetros frente a él.
Tarhos se abalanzó hacia adelante, tanteando la niebla espesa como aquel fluido oscuro que su madre lo forzó a tragar hace ya tantos años. Mientras llamaba a su grupo, perdió la coordinación y el sentido de la orientación. No sabía qué tanto había trastabillado en esa oscuridad casi perfecta. Pero de pronto, la niebla se disipó para revelar un páramo fantasmal de cuerpos en descomposición y aldeas en llamas e imponentes torres desquebrajándose retorcidas hacia el horizonte. Miró asombrado. Un quejido agudo repicó en sus oídos y sintió un escozor en la piel. Paralizado, cayó en la cuenta de que, ante una probabilidad increíble, su corazón había encontrado exactamente lo que había estado buscando toda su vida. No necesitaba a Vittorio. No necesitaba la piedra. Había encontrado su paraíso. Había encontrado...
La belleza y el horror.
Había encontrado...
Lo sublime.