Élodie Rakoto
Base Info
- ChapterCapítulo A Binding of Kin
Perks
Feature
Una investigadora de lo oculto dotada de trucos ingeniosos y una determinación obstinada por sobrevivir.
Sus ventajas personales, Detallista, Engaño y Lucha de poderes, le permiten interactuar con objetos de maneras únicas y, al mismo tiempo, tener un plan B para escapar de los asesinos.
Sus ventajas personales, Detallista, Engaño y Lucha de poderes, le permiten interactuar con objetos de maneras únicas y, al mismo tiempo, tener un plan B para escapar de los asesinos.
Story
Élodie Rakoto, nacida en un exuberante hogar parisino, creció en una casa cómoda a cientos de kilómetros del lugar de nacimiento de sus padres: la frondosa isla de Madagascar. Su mochila siempre iba cargada, pero no con trabajos de la escuela. Solo llevaba lo esencial: algunos libros de historia, algunos mapas, y una pala pequeña. En lugar de perder tiempo con los hechos regurgitados durante las clases, exploraba la ciudad para descubrir las historias detrás de cada estatua, vecindario, y cartel de la calle. Coleccionaba fragmentos de París, volviéndola propia.
Cuando tenía catorce años, sus padres la llevaron a la Isla Dyer por un "viaje de negocios". Para su gran decepción, la isla era un sitio privado para miembros exclusivos de los Imperiatti. Fue obligada a asistir a pretensiosas e incómodas reuniones sociales todos los días. Luego de algunas semanas en la isla, conoció a los Parias, adolescentes con ideas afines que no tenían ningún interés en ser los peones del tablero político de sus padres. En las aburridas noches de lluvia, los convencía de salir a escondidas a explorar la isla sin supervisión.
Una noche de niebla, se encontraron con un campo de prisioneros abandonado. Felix, uno de los Parias, no quería entrar, pero Élodie insistió. Allí dentro encontraron un extraño laboratorio subterráneo en ruinas. Los Parias se entusiasmaron buscando trofeos y recuerdos entre los aparatos. Pero a Élodie le llamó la atención algo en la esquina izquierda de un muro: unos raros arañazos en forma de círculo. Pasó sus uñas por el hormigón frío, las marcas eran profundas y angostas. De golpe, un cálido susurro envió su mente a la deriva...
...Un trueno estridente. Negras olas brillantes. Una playa de arena pálida. Incompleta. Se sintió obligada a tocar la arena helada y dibujar un círculo con una línea en el centro.
Un fuerte trueno y un rayo azotaron el cielo. El suelo tembló al tiempo que unas elegantes garras de obsidiana desgarraban el hormigón, partiendo la tierra. El edificio empezó a colapsar y Élodie vio a su madre empuñando un extraño instrumento mientras su padre le decía que corra. Y luego...
Completa oscuridad.
Élodie jamás volvió a ver a sus progenitores.
Por años, esa pesadilla la despertó a mitad de la noche, con frío, sudando y temblando como una hoja. De niña, sufría de terrores nocturnos y no quería irse a la cama. Para calmarla, su abuela encendía una vela y le contaba historias hasta que la llama se extinguía en el charco de cera líquida caliente. El perfume de la cálida cera con aroma a vainilla adormecía a Élodie mientras se imaginaba historias de héroes legendarios que vencían al miedo y a sus enemigos. Élodie había olvidado esas historias, pero sí recordaba su anhelo por las frondosas selvas malgaches y las montañas colosales que su abuela describía. Cuando Élodie se sentía fría e invadida por la pena, encendía una vela con aroma a vainilla para evocar los recuerdos de su infancia de ese lugar lejano e idílico, lo que le daba ánimos para superar su agobiante depresión.
Catorce años después, Élodie seguía buscando las piezas que faltaban del rompecabezas. Ningún razonamiento lógico podía explicar la desaparición de sus progenitores, así que buscó en otra parte. Investigó todas y cada una de las leyendas que mencionaban una fuerza oscura que se llevaba gente en la noche sin dejar rastro alguno. A partir de ello, tradujo antiguos cuentos e hizo un tapiz de narrativas de todo el mundo que confirmaban la misteriosa forma en la que habían desaparecido sus progenitores en la isla Dyer. También reunió artefactos hechos por antiguas civilizaciones que buscaban destruir o resucitar la incomprensible e indescifrable Cosa que se los llevó. Tenía varios nombres, que diferían de un idioma a otro: el abismo, el infinito, el hoyo.
Sus descubrimientos la llevaron a adentrarse en el oscuro campo del ocultismo. Los Parias se habían ido hace tiempo. Los había alejado con sus teorías. Pero se negaba a renunciar a sus progenitores.
Élodie se adentró en el frío y neblinoso atardecer. Dobló en la esquina, saliendo del distrito 13 de París, un excéntrico vecindario con una gran biblioteca que data de la Edad Media. Tenía un trabajo urgente que hacer para Hazra Shah, el Coleccionista, un especialista en ocultismo que archivaba artefactos poco comunes.
La había reclutado luego de que rescatara una singular estatua robada maorí con colmillos de araña parecidos a las garras que había visto en la isla Dyer. Durante los próximos cinco años, Élodie se dedicó a conseguir reliquias ocultistas para el Coleccionista. A cambio, él le proveía grandes cantidades de dinero, equipamiento, e información precisa sobre manuscritos oscuros.
Tal y como le había pedido el Coleccionista, consiguió los anales de un juicio por brujería que condenaba a una madre que había dado a luz a siameses en el siglo XVII. Según la leyenda, un encantamiento ocultista estaba grabado en una serie de cráneos, de los cuales el Coleccionista poseía todos excepto uno: el cráneo de la bruja. No había rastros de dónde podría estar el cráneo, pero Élodie había encontrado un artículo de periódico que databa del mismo año, en el que se mencionaba que la mayoría de los restos habían sido reubicados en las catacumbas para evitar una pandemia. Élodie seguía una corazonada. Entrar en las catacumbas para recuperar un cráneo perdido implicaba ciertos riesgos, pero no más de los que habían implicado los trabajos anteriores que había hecho para el Coleccionista.
Con una linterna, siguió la antigua disposición de las catacumbas y encontró un muro derrumbado. Unas cuantas piedras grandes bloqueaban la entrada. Tomó su espectrómetro XRF portátil y escaneó los materiales de la pared. Trabajar para el Coleccionista tenía sus ventajas. El mortero de los ladrillos había sido mal mezclado, por lo que tenía niveles concentrados de arena. Toda la estructura era frágil, y el suelo estaba apenas mojado por el aire húmedo de la tarde. Por aquí podría entrar.
El camino que le esperaba era largo y traicionero. El aire estaba pesado y mohoso. Suspiró cuando su linterna llavero iluminó un interminable muro lleno de cráneos blanqueados.
Algo sonó a sus espaldas. Al darse vuelta, su cabeza chocó contra un bate de béisbol. Sintió un dolor inmenso y la oscuridad se la tragó.
Cuando volvió en sí, un hombre la cargaba en el hombro mientras se adentraba en las catacumbas. Llevaba puesta una túnica oscura.
El Valle Oscuro.
Había logrado evitarlos hasta ahora. Despiadados y letales como eran, se los conocía por muchos nombres. Había descubierto que en realidad todos trabajaban para el mismo grupo, un conjunto de fanáticos del ocultismo del que se rumoreaba que realizaba sacrificios humanos para lo que ellos llamaban el Antiguo. Tenía que salir de ahí cuanto antes.
Élodie vio un cráneo suelto en el muro, lo tomó y se lo partió en la cabeza a su asaltante. Aturdido, el hombre perdió el equilibrio, y Élodie cayó y salió corriendo. Al doblar en una esquina, de repente sintió un fuerte dolor al costado.
Miró hacia abajo y vio un cuchillo grande clavado allí. Sorprendida, se quitó el cuchillo y la sangre tibia comenzó a brotar.
Sus latidos resonaban en sus oídos mientras su visión se volvía borrosa.
Cayó de rodillas. Con todas sus fuerzas, dibujó un círculo en el suelo con un dedo tembloroso y lleno de sangre, y trazó una línea en el centro.
Una pesadez opaca cayó sobre sus hombros. Un familiar aroma a vainilla y semillas de lichi cubrió el aire. Una ligera llovizna tropical caía sobre frondosas enredaderas. Calor.
Madagascar.
Se escuchó un grito fantasmal proveniente del espeso follaje.
Élodie miró hacia arriba y las enredaderas se convirtieron en serpientes amenazantes. La suave hojarasca se tornó rápidamente en cenizas y colapsó bajo sus pies. Se hundió en algo denso y frío que la tragó cual arenas movedizas. Gritó antes de ser ahogada por... el abismo... el infinito... el hoyo...
Finalmente encontró lo que había estado buscando.
Cuando tenía catorce años, sus padres la llevaron a la Isla Dyer por un "viaje de negocios". Para su gran decepción, la isla era un sitio privado para miembros exclusivos de los Imperiatti. Fue obligada a asistir a pretensiosas e incómodas reuniones sociales todos los días. Luego de algunas semanas en la isla, conoció a los Parias, adolescentes con ideas afines que no tenían ningún interés en ser los peones del tablero político de sus padres. En las aburridas noches de lluvia, los convencía de salir a escondidas a explorar la isla sin supervisión.
Una noche de niebla, se encontraron con un campo de prisioneros abandonado. Felix, uno de los Parias, no quería entrar, pero Élodie insistió. Allí dentro encontraron un extraño laboratorio subterráneo en ruinas. Los Parias se entusiasmaron buscando trofeos y recuerdos entre los aparatos. Pero a Élodie le llamó la atención algo en la esquina izquierda de un muro: unos raros arañazos en forma de círculo. Pasó sus uñas por el hormigón frío, las marcas eran profundas y angostas. De golpe, un cálido susurro envió su mente a la deriva...
...Un trueno estridente. Negras olas brillantes. Una playa de arena pálida. Incompleta. Se sintió obligada a tocar la arena helada y dibujar un círculo con una línea en el centro.
Un fuerte trueno y un rayo azotaron el cielo. El suelo tembló al tiempo que unas elegantes garras de obsidiana desgarraban el hormigón, partiendo la tierra. El edificio empezó a colapsar y Élodie vio a su madre empuñando un extraño instrumento mientras su padre le decía que corra. Y luego...
Completa oscuridad.
Élodie jamás volvió a ver a sus progenitores.
Por años, esa pesadilla la despertó a mitad de la noche, con frío, sudando y temblando como una hoja. De niña, sufría de terrores nocturnos y no quería irse a la cama. Para calmarla, su abuela encendía una vela y le contaba historias hasta que la llama se extinguía en el charco de cera líquida caliente. El perfume de la cálida cera con aroma a vainilla adormecía a Élodie mientras se imaginaba historias de héroes legendarios que vencían al miedo y a sus enemigos. Élodie había olvidado esas historias, pero sí recordaba su anhelo por las frondosas selvas malgaches y las montañas colosales que su abuela describía. Cuando Élodie se sentía fría e invadida por la pena, encendía una vela con aroma a vainilla para evocar los recuerdos de su infancia de ese lugar lejano e idílico, lo que le daba ánimos para superar su agobiante depresión.
Catorce años después, Élodie seguía buscando las piezas que faltaban del rompecabezas. Ningún razonamiento lógico podía explicar la desaparición de sus progenitores, así que buscó en otra parte. Investigó todas y cada una de las leyendas que mencionaban una fuerza oscura que se llevaba gente en la noche sin dejar rastro alguno. A partir de ello, tradujo antiguos cuentos e hizo un tapiz de narrativas de todo el mundo que confirmaban la misteriosa forma en la que habían desaparecido sus progenitores en la isla Dyer. También reunió artefactos hechos por antiguas civilizaciones que buscaban destruir o resucitar la incomprensible e indescifrable Cosa que se los llevó. Tenía varios nombres, que diferían de un idioma a otro: el abismo, el infinito, el hoyo.
Sus descubrimientos la llevaron a adentrarse en el oscuro campo del ocultismo. Los Parias se habían ido hace tiempo. Los había alejado con sus teorías. Pero se negaba a renunciar a sus progenitores.
Élodie se adentró en el frío y neblinoso atardecer. Dobló en la esquina, saliendo del distrito 13 de París, un excéntrico vecindario con una gran biblioteca que data de la Edad Media. Tenía un trabajo urgente que hacer para Hazra Shah, el Coleccionista, un especialista en ocultismo que archivaba artefactos poco comunes.
La había reclutado luego de que rescatara una singular estatua robada maorí con colmillos de araña parecidos a las garras que había visto en la isla Dyer. Durante los próximos cinco años, Élodie se dedicó a conseguir reliquias ocultistas para el Coleccionista. A cambio, él le proveía grandes cantidades de dinero, equipamiento, e información precisa sobre manuscritos oscuros.
Tal y como le había pedido el Coleccionista, consiguió los anales de un juicio por brujería que condenaba a una madre que había dado a luz a siameses en el siglo XVII. Según la leyenda, un encantamiento ocultista estaba grabado en una serie de cráneos, de los cuales el Coleccionista poseía todos excepto uno: el cráneo de la bruja. No había rastros de dónde podría estar el cráneo, pero Élodie había encontrado un artículo de periódico que databa del mismo año, en el que se mencionaba que la mayoría de los restos habían sido reubicados en las catacumbas para evitar una pandemia. Élodie seguía una corazonada. Entrar en las catacumbas para recuperar un cráneo perdido implicaba ciertos riesgos, pero no más de los que habían implicado los trabajos anteriores que había hecho para el Coleccionista.
Con una linterna, siguió la antigua disposición de las catacumbas y encontró un muro derrumbado. Unas cuantas piedras grandes bloqueaban la entrada. Tomó su espectrómetro XRF portátil y escaneó los materiales de la pared. Trabajar para el Coleccionista tenía sus ventajas. El mortero de los ladrillos había sido mal mezclado, por lo que tenía niveles concentrados de arena. Toda la estructura era frágil, y el suelo estaba apenas mojado por el aire húmedo de la tarde. Por aquí podría entrar.
El camino que le esperaba era largo y traicionero. El aire estaba pesado y mohoso. Suspiró cuando su linterna llavero iluminó un interminable muro lleno de cráneos blanqueados.
Algo sonó a sus espaldas. Al darse vuelta, su cabeza chocó contra un bate de béisbol. Sintió un dolor inmenso y la oscuridad se la tragó.
Cuando volvió en sí, un hombre la cargaba en el hombro mientras se adentraba en las catacumbas. Llevaba puesta una túnica oscura.
El Valle Oscuro.
Había logrado evitarlos hasta ahora. Despiadados y letales como eran, se los conocía por muchos nombres. Había descubierto que en realidad todos trabajaban para el mismo grupo, un conjunto de fanáticos del ocultismo del que se rumoreaba que realizaba sacrificios humanos para lo que ellos llamaban el Antiguo. Tenía que salir de ahí cuanto antes.
Élodie vio un cráneo suelto en el muro, lo tomó y se lo partió en la cabeza a su asaltante. Aturdido, el hombre perdió el equilibrio, y Élodie cayó y salió corriendo. Al doblar en una esquina, de repente sintió un fuerte dolor al costado.
Miró hacia abajo y vio un cuchillo grande clavado allí. Sorprendida, se quitó el cuchillo y la sangre tibia comenzó a brotar.
Sus latidos resonaban en sus oídos mientras su visión se volvía borrosa.
Cayó de rodillas. Con todas sus fuerzas, dibujó un círculo en el suelo con un dedo tembloroso y lleno de sangre, y trazó una línea en el centro.
Una pesadez opaca cayó sobre sus hombros. Un familiar aroma a vainilla y semillas de lichi cubrió el aire. Una ligera llovizna tropical caía sobre frondosas enredaderas. Calor.
Madagascar.
Se escuchó un grito fantasmal proveniente del espeso follaje.
Élodie miró hacia arriba y las enredaderas se convirtieron en serpientes amenazantes. La suave hojarasca se tornó rápidamente en cenizas y colapsó bajo sus pies. Se hundió en algo denso y frío que la tragó cual arenas movedizas. Gritó antes de ser ahogada por... el abismo... el infinito... el hoyo...
Finalmente encontró lo que había estado buscando.